Crónicas del sur. Hay días que terminan mejor de lo que empiezan.
Me desperté en una cama doble. Eso ya era un cambio drástico de las noches en carpa que habíamos pasado las últimas semanas en la Patagonia Chilena. Acabábamos de cruzar la frontera de regreso a Argentina hacía un par de días y aún estábamos acostumbrándonos a los lujos que nos permitía el cambio favorable del dólar. El día anterior había sido largo debido a un pinchazo en una ruta poco transitada y una buena noche de descanso era más que bienvenida.
Al salir de la casa me encontré a Sergio Andrés trabajando en su moto con su dedicación habitual. Le pregunté si quería algo de desayuno, sabiendo cuál sería la respuesta de antemano. —No, yo estoy bien —contestó—, así que salí a explorar los alrededores del lugar con la esperanza de encontrar algún pan, torta o queso. Sin éxito, volví resignado y, pasando por la entrada, dije: —tocó desayunar mate.
Una hora después estábamos listos para arrancar, maletas montadas en las motos, cadena lubricada (la de él, yo estaba tomando mate), y ruta planificada. Iríamos en dirección norte con intención de llegar a Bariloche, sin afán, pero con ansias de volver. Sentíamos en el cuerpo el cansancio de los últimos días largos de ruta y necesitábamos descanso, quietud y caras familiares. Sin embargo, Sergio propuso un desvío en Trevelín para recorrer un tramo del parque nacional Los Alerces, hoy sería nuestra última oportunidad de visitarlo.
Como una especie de oración al partir, ya que la suerte no nos había acompañado mucho en los últimos días, Sergio nos encomendó al universo para que tuviéramos un día tranquilo.
El universo tenía otros planes. Veinte minutos después rodábamos con buen clima y un gran paisaje: cielos azules despejados, la cordillera a nuestra izquierda con sus picos nevados y alguna que otra laguna en el horizonte. Mi apreciación del paisaje fue interrumpida con un ruido y la perdida de tracción de mi llanta de atrás. Se había soltado la cadena. Afortunadamente no se había roto ni enredado. Ligeramente preocupante, en todo caso, pero tampoco inesperado por los terrenos que habíamos atravesado en las últimas semanas. La pusimos nuevamente y quedamos de revisarla cuando llegaramos a Bariloche. —Debería andar con cuidado hasta que la cambie —dijo Sergio.
Unos 15 minutos después la cadena saltó nuevamente. Ahora sí se había enredado entre el rin y el piñón, causando que uno de los eslabones se doblara casi al punto de romperse. Este sí era momento de preocuparse, ya que Sergio —como me había advertido incontables veces durante el viaje— no tenía la herramienta adecuada para reemplazarlo y yo, si acaso, tenía entre mis herramientas un mate, un destornillador y aceite de oliva.
Inspeccionamos la gravedad del daño para evaluar nuestras opciones: la moto no podía andar más así. La única esperanza era intentar enderezar el eslabón. Saqué mi navaja de pinzas, que hasta ese día había sido invaluable para cortar quesos y salames, y después de múltiples intentos concluimos que no era la herramienta adecuada para esta tarea, mucho menos en nuestras inexpertas manos uniandinas.
Afortunadamente, no tardó demasiado en manifestarse la famosa solidaridad argentina hacia los moteros en forma de un par de un camión antiquísimo de transporte que paró a ver si necesitábamos ayuda. Sus dos ocupantes, el copiloto de alrededor 20 años y el piloto de unos 40 venían de dejar una mercancía en la frontera Chilena y estaban disfrutando de una birra dominguera mientras conducían de regreso a casa. Al explicarles la situación, el conductor sacó una pinza gigante de unos 50 cm y con un solo movimiento ajustó el eslabón.
El nuevo plan era andar la moto, lentamente, hasta un lugar que ellos conocían de carga de ganado para poder subir la moto a la altura del camión y así llevarla remolcada hasta el siguiente pueblo donde pudiéramos buscar si un mecánico nos atendía, pues normalmente descansan los domingos.
Llegamos a un taller de garaje y el que lo atendía era un bacán, inmediatamente se puso en la tarea de ayudarnos, pues hoy nosotros éramos los viajeros por Argentina pero el día de mañana podría ser él por Colombia. En poco más de una hora logró reemplazar el eslabón dañado, temporalmente, así que igual tendría que manejar con cuidado hasta cambiar la cadena completa. Le entregamos el único efectivo que llevábamos, que tampoco era mucho, y quedamos Sergio y yo, parados a las 3 de la tarde, habiendo recorrido treinta kilómetros frente a las motos con la siguiente pregunta: ¿y ahora qué hacemos?
Nos miramos un rato mientras cada uno consideraba cuáles eran nuestras opciones en este punto. Bariloche aún estaba a 350k, no habíamos desayunado, no teníamos un centavo, no teníamos señal de teléfono y, además, era domingo. Sergio, siempre determinado, dijo: —Por esa carretera de la izquierda se llega a los Alerces. Agarrando el sentido de sus palabras, suspiré y comencé a alistarme. No estaba enteramente convencido, especialmente porque tendría que manejar despacio, pero sabía lo mucho que él quería hacer esa ruta del parque y, honestamente, yo también.
Empezamos el ritual de arrancar. Calentar la moto, orinar, chaqueta, cuello, guantes, música, en fin… Pero en vez de arrancar para que yo lo siguiera Sergio simplemente apagó la moto y dijo: —No parce, demasiadas banderas rojas. No tenemos plata, no tenemos señal, y además no sabemos si la carretera está abierta (al parecer había una carrera de cross por esos días). No nos pongamos a mariquear y a tentar el destino, mejor vamos al pueblo. Suspiré nuevamente, esta vez con alivio.
Nuestra primera parada fue en la oficina de turismo para ver si la carretera estaba abierta. ¿Por qué? No lo sé. Para mi no tenía sentido ya que habíamos dejado atrás la idea de tomar la ruta de Los Alerces. Más que eso, el cansancio y el hambre se estaban convirtiendo en exasperación. Por mi parte, decidí buscar algún lugar para cambiar dólares. Para los que han estado en Argentina, sabrán que esto es mucho más común de lo que suena. Desde una gasolinera hasta una papelería pueden actuar como casas de cambio express. Pero este no era un día en el que la suerte estuviera de nuestro lado. El único lugar que encontré fue un supermercado con un viejo zorro que fue capaz de afirmar, con toda la seriedad del mundo, que el dólar en Argentina iba a empezar a bajar y que nos cambiaría a un precio más bajo que el dólar blue, como favor a nosotros.
Después de recibir este nuevo golpe a nuestros magullados espíritus, Sergio dijo: —Estoy listo para largarme de este hijueputa pueblo. A lo que yo respondí: —Yo de aquí no me voy sin comer algo antes. Esta vez, era el turno de mi compañero para exasperarse conmigo. Muy a regañadientes y con algún madrazo adicional, nos dirigimos a la única estación de servicio que había en el lugar.
No exagero cuando digo que ese fue el peor sándwich de milanesa que me comí en Argentina de todas las veces que fui. Qué maldita decepción: más caro que el de la YPF, duro, pequeño e insípido. Esa fue mi primera comida del día la cuál consumí vorazmente en un humor negro, con un café del cuál honestamente no me acuerdo, pero estoy seguro de que estaba feo.
Así que no nos quedó más que despejar nuestra mente con lo único decente que tenía ese lugar, WiFi gratis y pasar unos minutos en nuestros respectivos espacios virtuales mientras reuníamos el ánimo necesario para arrancar. Sergio, decidido, no contemplaba la idea de pasar el día en aquel lugar. Sentados en una mesa frente a frente, con la cara agachada en nuestros teléfonos, en silencio, esperando que se nos pasara la exasperación del uno con el otro fue que, inesperadamente, nuestros corazones maltratados estaban a punto de adquirir un nuevo propósito.
—Pille —dije—, mientras le alcanzaba el teléfono con una conversación de Instagram abierta. Sergio tomó el celular para leer el mensaje. Cuando terminó, se enderezó sobre la silla, se quitó las gafas, las puso cuidadosamente en la mesa y, mientras se frotaba fuertemente el puente de la nariz y los ojos, dijo:
—¿Usted hace cuánto sabe esto?
Encogí los hombros y respondí:
—Acabo de ver el mensaje… ahí les contesté que seguíamos en Trevelín.
—¿Me está diciendo que hay tres francesas en Bariloche, con una casa solo para ellas, invitándonos a pasar la noche?
—Ujumm.
—¿Y qué hijueputas estamos haciendo aquí sentados?
Las tres francesas eran un grupo de chicas que habíamos conocido unas semanas atrás cuando estábamos bajando en dirección sur. Sergio, siempre observador y extrovertido, las había notado en varios puntos a lo largo de la ruta viajando a dedo. Una tarde de un día entero de ruta, decidimos parar en un pueblo, del que no recuerdo el nombre, pero que fácilmente podría ser el escenario de una película de apocalípsis zombie ambientado en la Patagonia. Allí fue que, nuevamente, encontramos a las tres chicas, caminando con sus mochilas por la mitad de la calle. Sergio no pensó dos veces en abordarlas, mientras yo lo esperaba una cuadra más adelante. Después de unas cuantas palabras, caminaron a donde yo me encontraba. Sergio me señaló con el dedo: —Él habla francés —dijo— y, mirándome a mí, agregó: —dígales que busquemos hotel juntos.
Aquellas francesas que conocimos en el pueblo más recóndito del sur, estaban en Bariloche, en una cabaña invitándonos a pasar la noche allá. Sin pensarlo dos veces y con renovadas energías pusimos en nuestra mente la misión de llegar a Bariloche ese mismo día. Naturalmente, esto implica comenzar con el ritual de alistar alistar las motos.
En el parqueadero de la estación vimos un grupo de moteros; venían en sentido opuesto —o sea, en dirección sur— y acababan de hacer el mismo tramo que nos preparábamos a recorrer. Se veían cansados; para ellos ya era el final del día, que es lo normal hacia las 4 p. m., cuando empieza a escasear la luz. Les preguntamos cómo estaba la ruta, a lo que respondieron que había estado durísima, que había mucho viento y que los había obligado a parar en un tramo de la carretera a esperar que pasara.
—¿Para dónde van ustedes? —nos preguntaron.
—Para Bariloche —dijimos. Nos miraron con cara de locos.
—¿A esta hora? ¡Ya está! ¡Qué se van a ir a Bariloche ahora!
Pero nuestra decisión ya estaba tomada. Intercambiamos un par de saludos amigables con los demás miembros del grupo y seguimos nuestros preparativos. Justo antes de arrancar, Sergio se quedó mirándome y dijo —No podemos llegar con las manos vacías. Deberíamos llevarles algo. ¿Qué les gustará? —me preguntó.
—Lo que su corazón le dicte —respondí.
Dos minutos después regresó del quiosco de enfrente con una bolsa negra en sus manos. —¿Qué compró? —le pregunté. Sin contestarme, me entregó la bolsa para que la guardara. —Camine —dijo—, y prendió su moto.
Fue así, dejando que nuestra determinación silenciara el cansancio de las últimas horas, que arrancamos el trayecto de 300 km a Bariloche. El inicio fue bellísimo, pues hay pocos paisajes comparables a la patagonia al atardecer, el sol pareciera que tarda horas en ponerse mientras el azul del horizonte se va transformando de anaranjado a rojo y de rojo a morado. Teníamos que aprovechar las escasas horas de luz para atravesar un tramo de Esquel que se encuentra entre dos montañas y se forma un túnel de viento, así que arrancamos bastante rápido. No tardamos mucho en toparnos con un viento de frente, que no me permitía acelerar a más de 40 km/h. Sergio, al ver lo mucho que me estaba costando avanzar decidió tomar la posición de adelante y alivianar mi paso con su moto más grande.
No recuerdo en qué momento empezó a llover. Sé que ya estaba oscuro, habíamos dejado atrás el túnel de viento e íbamos camino al Bolsón. La lluvia complicaba un poco la visibilidad, pero aún quedaban destellos de luz para guiarnos. Fue el tramo más fácil del día; disfrutable, incluso, ya que marca un cambio de paisaje donde va quedando atrás el desierto patagónico y se empieza a percibir el verde más profundo que recubre la región de los grandes lagos.
Llegamos empapados al Bolsón y paramos a cargar gasolina. Estábamos de buen ánimo, habíamos surcado el tramo más exigente y esta sería nuestra última parada antes de llegar a nuestro destino. A unos 100 metros vi la oportunidad de eliminar la última molestia del día que me quedaba: el sabor de aquel terrible sándwich de milanesa de Trevelin. Aprovechando que Sergio no estaba, corrí al carrito y pedí la hamburguesa más grande que tenían. Hice mi mejor cara de inocencia cuando regresé a él con mi pedido en las manos, porque sólo me contestó con su risa. Quisiera recordar que nos la comimos juntos, aunque lo más posible es que ni siquiera la probó. En todo caso, estábamos listos para recorrer el último tramo del día. Serían 120 kms y estos serían en completa oscuridad.
Aún lloviznaba cuando arrancamos y lo primero que pensé al salir del casco urbano es que habían muchas más curvas de las que recordaba en ese tramo. La visibilidad era mala, no podía ver a más de 3 metros en frente mío, y la luz de mi moto modelo 2003 no tenía fuerza suficiente para iluminar a través de la lluvia. Íbamos muy lento para una calle pavimentada, pensé en parar y decirle a Sergio que tomara la delantera con sus exploradoras.
No lo hice, fue solo un pensamiento. Es difícil describir el estado casi meditativo de manejar una moto por horas. Uno entra en un trance semi meditativo en el que el ser se divide en dos: el que maneja y el que piensa. Como dos ríos paralelos, que a veces se cruzan y se separan de nuevo. En uno viajan pensamientos que van y vuelven, fluyendo con la corriente direcciones aleatorias, mientras que el otro se mantiene constante, atento, pasivo y alerta al mismo tiempo.
Mi trance terminó súbitamente, Después de treinta minutos de completa soledad cuando un carro nos adelantó iluminando todo el camino que teníamos por delante. Instintivamente aceleré para mantenernos a pocos metros y poder andar más rápido durante el tiempo que fuera en nuestra misma dirección. Cuando finalmente nos dejó, unos 45 minutos después, ya estábamos respirando con aire de triunfo, faltaba media hora para llegar a Bariloche.
Paramos unos minutos al lado de la carretera, en la oscuridad intensa de una noche fría: parecía un buen lugar para tener un momento de reflexión. No sería el primero ni el último. Si bien era raro que manejáramos de noche, en un viaje de este estilo los imprevistos están garantizados y habíamos adoptado la costumbre de apreciarlos. Apagamos las motos y prendí un cigarrillo mientras estiramos las piernas. Hacia arriba no quedaban rastro de las nubes de lluvía que nos azotaron casi todo el camino y en su lugar quedaba un cielo despejado y lleno de estrellas. A lo lejos podía ver el tenue resplandor de las luces de Bariloche.
Miré mi teléfono por primera vez en horas para buscar la conversación que había desatado esta travesía. —Sergio Andrés —dije—. Yo no les pregunté dónde queda el hospedaje; tengo el nombre, pero sin internet ni idea cómo llegar.
—Usted sí es que es bien marica; allá miramos qué hacemos.
—Ojalá sigan despiertas —dije suspirando.
La última parte del trayecto transcurrió sin inconvenientes. La carretera estaba iluminada y teníamos energía de sobra de saber que la mayor parte del camino estaba atrás de nosotros. Nos costó un par de minutos encontrar la dirección exacta del hospedaje, pero como quedaba sobre la vía principal no fue mucho tiempo. A pesar de la hora, ellas estaban pendientes de nuestra llegada; salieron a ayudarnos a descargar nuestro equipaje y a acomodarnos en su cabaña.
Les contamos de nuestra travesía mientras nos ofrecían algo de comida que tenían preparada y una cerveza. Conversamos un buen rato, ellas en un intento de español y nosotros en un intento de francés. De repente, con un sonido seco, Sergio plantó sobre la mesa la bolsa negra que llevaba en mi equipaje: era una botella de tequila. A riesgo de sonar cursi, la reacción de nuestras amigas no fue nada menos que oh lá lá. Sin embargo, a pesar de esta generosa ofrenda, tras unos minutos más de conversación se despidieron para ir a dormir. Ellas tres tomarían la cama doble del primer piso; Sergio y yo tomaríamos cada uno una cama sencilla en el segundo junto con nuestra botella.
Empezamos a tomar sorbos. Tal vez seguíamos cargados de la adrenalina del día, o quizás el tequila nos estaba dando nuevos ánimos. Empezamos a conversar, como muchas noches anteriores. Sobre las sensaciones de ruta, sobre lo que nos esperaba al regreso, sobre los sueños futuros, sobre los amores pasados,presentes y futuros. Nos emborrachamos; no recuerdo el momento en el que me dormí.
La vista al despertar fue inesperada. Sabía que estábamos cerca al lago, lo había escuchado en la noche, pero en la oscuridad no lo alcancé a percibir. Salí por la ventana para pararme en el techo a recibir la vista y el aire de la mañana. Brillaba un sol resplandeciente con una brisa fresca de otoño. El agua azúl oscuro reflejaba los destellos de luz hacia todos lados. Respiré el aire frío de otoño y reflexioné, nuevamente, sobre una de las lecciones más importante del día anterior:
A las francesas, lo que hay que regalarles es vino.